SU DULCINEA SU JOSEFINA
La charla de un hombre joven
y bella dama yo escuchaba.
Él –Quiéreme un poco mi bella Dulcinea
acepta mi querer de enamorado.
Ella –No seas iluso, a ti no puedo amarte
busca a otra que en verdad te quiera.
Él – ¿Cómo he de conquistarte Josefina?
si sólo pienso en ti como mi amante.
Ella –Aleja tus manos de mi espalda
por amor propio... sé sensato.
Él – ¿Hablas de sensatez a mi querencia?
si amar a una mujer, ni Dios se opone.
Ella –Deja mi carne... no me acaricies
ya que como mujer... habrá respuesta.
Él –Deja que ocupe desnudo... tu aposento
y ese especial perfume me adormile.
Ella –¡Alto! te ordeno... no prosigas
que entre más insistente me provocas.
Él –Es lo que quiero mujer para mi suerte
déjame que penetre a tus entrañas.
Ella –Sólo acéptame un beso... ya me voy
no sirven tus motivos para ser tuya.
Él – ¿Acaso mis brazos son muy fuertes
y sientes que mi fuerza te lastima?.
Ella –No hay fuerza que a mí me lastime
más no quiero ceder ante tus ruegos.
Él –Observa lo profundo de mis ojos
a nadie quiero tanto como a ti.
Ella – ¡Basta!... no des un paso más
que excitas con fuerza mis entrañas.
Él –Es lo que quiero de ti amada mía
abraza mi honradez por ser sincero.
Ella –Deja reflexionar si a ti me entrego
tal vez venga mañana decidida.
Él –No dejaré que partas sin que digas
has ganado mi amor... hazme tuya.
Ella –Mañana... por ti he de regresar,
déjame que caliente nuestro nido.
Él, se aferró a sus carnes fuertemente
desgarró su vestido transparente.
Ella impotente, cedió a esas caricias
ciega y abiertamente a su insistencia.
Porque a esa Dulcinea... su Josefina
¡al fin la hizo suya!... era la muerte.
0 comentarios