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Rhandi Reynard

PÁNICO EN NAVIDAD

(Cuento)

  

 Después de regresar de comer, (mi esposa y yo), me encerré en mi estudio. Un texto de Allan Poe desvaneció el tiempo. El minicomponente reproducía continuo un MP3 de Vivaldi. El compás del péndulo de mi antiguo reloj, sólo se interrumpe con las pausadas campanadas que indican la hora cardinal.

Faltan veinte minutos para la media noche, la cafetera, con sólo un charco debajo de la escala del recipiente, apago el interruptor de la misma. Al ponerme de pie, observo la hoja del calendario sobre mi escritorio, 24 de Diciembre de... mi estómago me advierte que si no hay alimento, los ácidos gástricos, castigarán mi erosionada úlcera péptica.

Me asomo a la calle, no parece la de siempre, dos autos atravesados en cada esquina bloquean los accesos a la cuadra. Una... tres fogatas sobre el centro del asfalto, los jóvenes que rodean las fogatas beben cerveza como vikingos... sin tregua.

Por fin... me decido, cierro, camino sobre la acera izquierda, el escaso alumbrado muestra un ambiente tétrico; avanzo firme, a tres cuadras, la pizzería de siempre, las luces... apagadas, mi estómago insiste; jalo la puerta lentamente, a la par del rechinar de  bisagras, se enciende una luz interior, de inmediato, percibo una fetidez que perturba mis sentidos, echo un vistazo... tres pisos, el interior no es muy amplio, por los costados, hay pequeñas bolsas blancas, azules y negras, abro la primera, los menjurjes contenidos apestan horrible. En otro piso, recipientes con salsas, aderezos, crema, todos... pestilentes; mi estómago como que quiere desistir, yo sigo, destapo un recipiente redondo que despide más de lo mismo, eructa espuma, dientes, muelas con pellejos; el calor del interior me provoca náusea.

Un recipiente rectangular apabulla por completo mi necesidad, un cuerpo sin cabeza, dos piernas sin pies, en paredes y piso hay sangre. En conjunto, nariz, tripas y mente me gritan: ¡huye de aquí, rápido!, antes de cerrar la puerta del lugar, observo detrás de mí, temiendo otra sorpresa; al giro lento y ojos muy abiertos, reconocí mi alrededor, ¡era la sala de mi casa!, en ese instante, el eco de la voz de mi esposa volvió a resonar en mi mente: “Roberto... me voy a cenar a casa de mi mamá, no olvides que es el cuarto día que el refrigerador no enfría”.                                                              

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