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Rhandi Reynard

PESADILLA

 

PESADILLA

(Cuento)

Quince días sin trabajo, tres sin comer, varios caminando. Son las diecisiete horas; me siento en la banqueta a descansar. No sé qué aspecto presentaba mi rostro, pero debía ser fatal. Se acercó a mí una anciana de mirar afable...  – ¿No ha comido, verdad joven? –Sí señora, ya comí.  –No me mienta, que conozco los estragos del hambre. Sacó un billete de cincuenta pesos, lo puso en mis manos y caminó diciendo:   –Es para que coma, no lo vaya a perder. La vi alejarse. Al desaparecer de mi vista, constaté que el billete, efectivamente, estaba en mis manos.

Tomé el metro, un microbús, otro microbús, hasta que llegué a mi territorio. Tenía que caminar entre casuchas de quinto mundo. La raza, apostada en pequeños grupos, en las calles nunca rectas. Crucé la caseta de tacos “Aminoguana”, después de rebasarla, me detuve, revise mi bolsillo, cincuenta pesos. Se proyectó en mi mente aquella figura angelical que sentenció: “es para que coma”, me devolví. La Aminoguana se estaba durmiendo. –Dame por favor, seis de suadero, cuatro de longaniza, me pones unas cebollitas y mi droga de cola, para que resbalen. Por fin comí, mejor dicho, tragué. Llegué a mi jacal, me acomodé  en la cama, en cuestión de segundos, me dominó el sueño.

Nuevo día. Amaneció soleado, un sol muy intenso, fue eso lo que me despertó. Deslumbrado, abrí la puerta, pero... ¡todo, todo había cambiado!. Frente a mi jacal habían puesto grandes pabellones, todos lucían lonas de un blanco impecable, en círculos, cuadrados, rectángulos o mixtos, en su interior, vendían algo. Me acerqué movido por la curiosidad... ¡libros!, eran libros los que vendían, ¡cuánta gente!. Me metí a un pabellón, en éste, había un orador, al que increpaban dos cabrones huérfanos de político recientemente fallecido de cáncer Cleptomaníaco; no entendí nada de lo que alegaban, por eso, abandoné el lugar. En otra, con elegantes portadas y gran colorido libros de todos los grosores y tamaños, los visitantes, pura gente culta (eso pensé), pues pagaban con billetes grandes o tarjetas de crédito sus adquisiciones.

Libros por todas partes, apilados, sobre mesas, ordenados en estantes, mostradores giratorios. En otros pabellones, grandes montones, ¡puras ofertas!. Con uno de oferta que yo tuviera y lo vendiera, me tragaría otra orden de tacos igual, pero... nada, ¡nada era mío!. En otro pabellón, proyecciones de cortometrajes, música, conferencias sobre diversos temas; hasta para colocar, o colocarse el gorro ¡strike one!. Dos que tres escritores, leyendo al público parte de sus textos, imposibles para mi oído, los captaba en Morse. En una mesa redonda, repartían aplausos y diplomas a los asistentes del taller de un escritor que dijo haber publicado un best sellers; mismo que asegura al tomar el micrófono, que él, ya no se preocupa por lo económico, ya tiene quien lo mantenga. Ahora, ayuda a nuevos escritores a mejorar sus obras a través de su propio taller literario y sólo cobra una cuota de recuperación (tres mil pesos, por si acaso... IVA), para enseñarles a los hoy anónimos, cómo se hace entender la literatura para ser exitosos. Comprendo que son más rentables los talleres.

 

En ese pabellón, la mayoría, eran escritores, aunque todos, todos, desconocidos. Y yo, ¿qué chigaos estoy haciendo aquí?. A mi costado derecho, se encontraba el disfraz de un libro, él, fue mi camuflaje. Ya disfrazado, me ubiqué distante de los del micrófono, pero cercano del área de fotocopiado, donde hacían portadas y armaban libros al instante. Después de un rato, se acercó a mí un cabrón espectador, me abrió una página, otra, y otra más, como todas estaban en blanco, volteó para todos lados, sacó un bolígrafo. No sé cuantas cosas escribió, recargaba tanto el instrumento de escritura, que me lastimó las costillas. Otro más lo vio, y lo mismo, ¡empezaron a hacer cola!, uno tras otro, se turnaban el bolígrafo. Estaba convertido en un libro de visitas. Yo rogaba que a ese pabellón, no entrara otro cabrón que continuara con lo mismo. ¡Por fin!, terminaron. El impresor de libros al minuto, se acercó a mí. Echó un vistazo a  lo escrito, sugiriendo al jefe de redacción, separar esas hojas y volverlas empastar, esto, decía gustoso, ¡puede ser una novedad editorial!.

Cuando quiso desprenderme la primera hoja, ¡eché a correr ante la mirada atónita de los allí reunidos!. Había una salida que daba casi al centro de la explanada. ¡Sorpresa!, estaba danzando una tribu emplumada, cercados por una valla de curiosos. Casi formados en batería, otros aborígenes, vendiendo amuletos, talismanes, fetiche sobre fetiche. Otros, con señales de humo enviaban mensajes al sol. Unos más, exorcizando cristianos y eructando chamucos. Yo corría desesperado. ¡Gritaba! para que alguien me ayudara, pero nadie, nadie, se percataba de mi presencia.

El impresor tiró el manotazo, alcanzó a arrancarme una hoja, me dolió tanto, como puede dolerle a un gallo, si le quitan una pluma de la cola. En ese momento, ¡tropecé!, caí de bruces. Todo... se oscureció. Me quedé quieto, esperando qué más intentaría hacerme aquél tipo. Después de un rato, levanté la vista poco a poco, mis ojos en la oscuridad, comenzaban a distinguir; ¡ya estaba en mi jacal! qué alivio. Era de madrugada, ¿cuánto tiempo llevaría así?, me levanté, pero... no llevaba puesto ningún disfraz. Me asomé al exterior, todo era como cualquier otro día en mi desolada colonia, los pabellones referidos no existían. Me sobé el estómago, me dolía. Me devolví al camastro a flor de piso. Ya plenamente consciente, de que todo había sido una pesadilla, me dije: ¡Sigue tragando tacos... cabrón!.

 

P. D. La palabra “güey” común en nuestro país, fue sustituida por “cabrón”.

 

                                                                             

 

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