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Rhandi Reynard

PRETEXTO

PRETEXTO

Expresé mis sentimientos en forma poética, basado tal vez en una filosofía fuera de tiempo, ausente del mundo actual. La gente de hoy, se conforma con sus éxitos y se desmorona ante sus fracasos materiales. No conseguí jamás que aquel pensamiento armónico en su rima, suave en su  prosa, pudiera hacer eco, porque era sólo sentimiento personal, el mío. Mi forma de conjugar el amor, simple y sencillamente no tenía concordancia en esta dimensión, aunque en lo personal, esta forma de pensar y de actuar jamás me provocó sinsabores, mucho menos frustración. Nunca me sentí anticuado, ya que la moda y los acontecimientos actuales fueron propios de mi persona. Tampoco mis preceptos eran salidos de alguna religión, porque no tuve la necesidad o el fervor de abrazar alguna, porque me daba cuenta que en cada una de mis acciones se ponía de manifiesto Dios.

 

He observado, cómo la ciudad se convierte en una verdadera jungla, y aquel, un ser humano, yace en la morgue, mientras rostros entristecidos de familiares llorando ante los medios masivos de comunicación, dan la vuelta al mundo, clamando inocentemente “Justicia”. Pero la gente actual es inmune al dolor ajeno; cada acontecimiento me obliga a preguntar a mí mismo, ¿cuál es la verdadera justicia? en un mundo tal difícil de comprender o difícil de ponernos todos de acuerdo, el rico, el pobre, el indigente, el joven, el anciano, el ama de casa. Un niño se pregunta ¿qué pasa? cuando algo está sucediendo, ante la negativa de una respuesta congruente, olvida todo al día siguiente.

 

No logro escribir nada que armonice con el alma, no es porque no pueda, simplemente... porque nadie actual lo lee. Eso que se escribe para alimentar o aligerar el peso del alma, sólo se busca cuando se está con la pena de una enfermedad incurable, cuando un ser querido acaba de morir, cuando el éxito propina un descalabro ejemplar, cuando las alternativas existentes no son suficientes, cuando la soledad es más poderosa que la alegría del dinero. Todas estas incongruencias, son también el pretexto para justificar lo que dejé de hacer. Ahora más que nunca, debo continuar; en algún momento, alguien lo va a leer ¡qué importa quién sea! o qué opine del momento en que fue escrito, sea lo que sea... siempre se requiere un buen pretexto, para hacer aquello que puede ser sólo un pensamiento o un arte para otros. Goethe decía: “Lo más arduo del arte, es la captación de lo particular”.

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