RESCOLDO
RESCOLDO
Llegué de noche, entraba la madrugada
no quise atravesar el centro de nuestro idilio,
trataba de encontrar la vereda aquélla
que me llevó hasta… ya hace mucho,
todo era diferente, casas, más casas nuevas
la calle empedrada que me llevaba a ti
rellena y forjada de elegante concreto
las casas campiranas hoy, grandes residencias
todas con su garaje y troca americana,
se terminó el concreto, seguí subiendo
el último poste de alumbrado público
quedó detrás de mí, a mucha distancia
había luna, hermoso cielo azul, estrellado
el concierto canino cambiaba intensidad
el olor a fantasma citadino los inducía;
debía ser tuya todavía, la última cabaña,
esa noche estrellada, no permitía penumbra
me detuve por fin, el último ladrido,
silenció su amenaza y comenzó a lamerme,
dónde está mi María –le dije casi quedo
pero el ocote aquel que ardía dentre la choza
encendió la vereda –Quién anda ahí duque
soy yo María –¿Pero… quién eres tú?
–Yo Jacinto – ¿Jacinto? –No te creo, identifícate
“Han nacido en mi rancho, dos arbolitos”
y tú, seguiste el ritmo ante la luna
que juntó nuestras voces en un tono,
me tocaste la cara, había lágrimas
nada de lágrimas –dijiste –Aquí estoy
dónde querías que fuera, si te espero,
al entrar al jacal, no había cielo
había más luz afuera, adentro, puro tizne
removiste las brazas, atizaste más leña
a ese fogón que nunca, apaga la ceniza
de aquél cántaro, hecho de barro negro
vertiste agua, me diste un té de azahar,
te recargaste en mí, aún de madrugada
desátame las trenzas, sonriente me dijiste
entraron por los rizos, toditas las estrellas
apagaste el ocote y a la luz del fogón
contemplé tu hermosura, silueta de mujer
rodamos por la tierra ahogados por el humo
la flama se extinguió, al compas de tus besos
hizo de aquél rescoldo, la tormenta de amor.
Al bañarnos de luz, el sol de la mañana
te entregué aquellas flores, limpiando de maleza
esa cruz de aquél cerro… que te dio libertad.
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